CARTA DE FRANCISCO DE CHAVES A SU MAJESTAD EL REY (CAJAMARCA 5 DE AGOSTO 1533)
CARTA DE FRANCISCO DE CHAVES A SU
MAJESTAD EL REY (CAJAMARCA 5 DE AGOSTO 1533)
La
investigadora italiana Laura Laurencich-Minelli presento en el año de 1998 la
transcripción de la carta de Francisco de Chaves diriga al rey fechada en 5 de
agosto de 1533 en la que “él denuncia que nunca hubo una batalla en Cajamarca,
pues la victoria había sido lograda por Pizarro gracias a la ayuda del veneno,
y de otras ignominias que el mismo Pizarro había efectuado contra la Sacra
Catholica Cesárea Magestad como hurto, falsificación de registros y de censura
y amenazas contra quien sabía de sus ilícitos. Además denuncia a Pizarro por no
haber respetado el pedido de Atahualpa, rey legítimo por sangre, de presentarse
ante el mismo Carlos V, agarrotándolo para que no le revelara los hurtos y
atropellos de que había sido víctima y para que Su Majestad no se diera cuenta
de cuanto debía pretender de la conquista de este riquísimo reino”
Este
documento entre otros, según la investigadora, fueron regalados al Mayor
Riccardo Cera, tio de la actual proprietaria Clara Miccinelli, por el Duque
Amedeo de Saboya Aosta, que perteneció a una rama colateral de la entonces
familia reinante italiana, cuyo abuelo, Amedeo I, había sido rey de España
durante un tiempo muy breve (1870-1873)
El documento
fue sometido a varias pruebas por la investigadora italina para comprobar su
veracidad como exámenes grafoscopicos, comparación de documentos para verificar
la grafia y la firma de polo de
ondegardo, quien es un personaje conocido de la invasión, corregidor de cuzco entre los años 1559 y 1560, escribió alguna crónica ,
participó en la fundición de la plata en Potosí y principalemte fue quie robo
los malquis de los abuelos incas y los envió a lima, polo escribió en la carta “no
es cosa” algo asi como no tomarla en cuenta, también se analizo la grafia y la
firma del padre acosta, quien fue provincial del peru entre los años de 1576 a 1581 se analizo los colores y la tinta y C14
acelerado sobre los sellos.
Esta carta
estaba adjunta a Exsul Immeritus Blas Valera Populo Suo, del padre jesuita Blas Valera, cronista meztizo, quien afirma que
la carta la recibió de su tio luis Valera al cual se la había entregado el
mismo Francisco de Chavez, cuenta también que la carta la entregó al padre Acosta
pero este la guardó y por ese motivo el tio de Blas Valera la robó y finalmente
se la entregó al cronista.
La investigadora nos relata: “Las denuncias de
Francisco de Chaves se enfocan por un lado en los antiguos principios de la
hidalguía que aceptaban la astucia en las batallas, pero no el engaño, y por el
otro lado en el complejo concepto jurídico y religioso a través del cual se
logró dar legitimidad a la presencia española en América y al mismo tiempo
legitimar el derecho del Rey de España de ejercer soberanía en las Indias
Occidentales. Conceptos que todos los estudiosos de la historia del período
colonial hispano-americano conocen bien: principios sustentados jurídicamente
en las 3 Bulas de Concesión,(DONACION)
en que Alejandro VI (1493) otorgó a los Reyes Católicos, a título personal, las
Indias, a cambio del trabajo de evangelizar sus naturales”
Acuarela de Francisco de Chaves que escribe al Rey. Archivio di Stato, Napoles
Existen documentos
relacionados que probarían la veracidad de la carta, la investigadora francesa Cantú
, investigación publicada en las actas del coloqio de roma (2001) presenta dos
cartas halladas en el archivo publico “Archivio
di Stato” de Nápoles, se trata de dos carta escritas por el lic. Francisco de Boan que escribió
desde lima fechadas en los años 1610 y 1611, dirigidas a don Pedro
de Fernandez de Castro, Conde de Lemos, ,en esos momentos Virrey de Napoles (1610-1616).
En la primera
carta de 1610 Francisco de Boan relata que la censura ejercida por francisco Pizarro
para que no se divulgue lo del envenenamiento a Atawalpa no habría sido “cabal”
decia que: “un yndio
desataviado, ladino y amigo de pleytos del rogaba mi amparo por ciertas sus
tierras, me entregó unos dibujos y en verdad, entre ellos, uno me turbó, que va
con esta juntamente; y confessó el miserable que los había quitados a un
mestiço, de quien no sabe su nombre, según lo que dize, empero todos los
llaman ruiruruna”
El “indio”
al cual se refiere no seria otro que Waman Poma y el mestizo seria el padre Blas
Valera que en esos años esta “muerto” jurídicamente por haber sido sentenciado
por supuestos temas de mujeres, el padre Blas Valera era jesuita y pertenecia a
la corriente opositora al virrey Toledo y su direccionamiento de presentar a
los Incas como usurpadores, tiranos e invasores, el dibujo presenta al invasor
escribiendo la carta, este dibujo hecho en colores tiene el mismo estilo de los
presentados en la Nueva Cronica atribuida a Waman Poma , que en los mismos documetos del archivo se desprende que “prestó” su nombre para la extensa carta en
realidad redactada por los jesuitas, para lo cual se muestra un contrato
firmado entre Waman Poma y los jesuitas.
El lic.
Boan añade en su carta un punto de extrema importancia que respaldaría nuestra teoría de que mucho
del contenido de las crónicas fue inventado y/o convenientemente redactado cuando
anota: “que la
dicha censura no fue cabal y tampoco las cautelas bastantes”.
Asi mismo
la carta de lic. Boan habla de “destrucción de documentos españoles e indígenas
ligados a la conquista” es en ese sentido que se podría afirmar que lo que
finalmente se publicó o aprobó es exactamente la versión mas favorable que
justifica la invasion y que toda la
historia oficial como aquí planteamos debe ser cuestionada y replanteada sin
dogmas ni subjetivismos.
La segunda
carta transcrita por la historiadora francesa relata que ha cumplido personalmente
una “detenida investigación” entre relaciones de la “conquista” y dice haber
encontrado una “memoria de las hazañas de caxamarca no sometida a censura” escrita
por un hidlgo llamado Alonso de Briceño,
en la cual se informa tanto sobre el veneno de Pizarro y sobre las falsas
cuentas de Riquelme y Salcedo, por lo que el lic. sugiere destruirla, como igualmente sobre los nombres del grupo
que, “despreciando victoria sin honra y sin gloria, no perdonaron al Marqués”
transcribiendo los nueve nombres de estos opositores: Francisco de Chaves,
Diego de Mendaña, Diego Méndez, Rodrigo Orgónez, García Martín de Padilla,
Diego de Aguilera, Hernando de Mercado, Rodrigo de Ibarra, Francisco de
Albarrán, los nueve nombre que faltarían a la relación de Francisco de Xeres
cronista oficial de los hechos de Cajamarca.
Sin embargo Francisco de Chaves, en
su carta al Rey que escribe el 5 de agosto 1533 anuncia que Francisco Pizarro
ya había enviado, escrita por la mano de Jerez, una “relación de lo que se ha
hecho a la saçon et del estado de las cosas desta tierra, defendiendo su
resolución” de haber mandado a muerte Atahualpa documentos oficialmete
aceptados y que han servido de “fuente” para escribr la historia oficial.es
conocida la carta de Hernando Pizarro a los
oidores de la audiencia de Santo Domingo (1533) donde en el primer párrafo hay
un dato que reslatar:
“Yo llegué
a este puerto de La Yaguana, de camino para pasar a España, por mandado del
Gobernador Francisco Pizarro, a informar a Su Majestad de lo sucedido en
aquella gobernación del Perú e la manera de la tierra y estado en que queda. E porque creo que los que a esa
ciudad van darán a vuestras mercedes variables nuevas, me ha parecido escribir
en suma lo sucedido en la tierra, para que sean informados de la verdad.”
El
auto proclamado Pizarrista Raul Porras Barrenechea deja la siguiente reflexión al
terminar su artículo “Crónicas perdidas, presuntas y olvidadas sobre la
conquista del Perú” anota: “Estas apuntaciones en las que hay algunas
exhumaciones de crónicas y personajes oscurecidos, han de extenderse y
completarse con nuevas inquisiciones en bibliografías y archivos extranjeros y
revisiones de mis propios apuntes, que aún trato de coordinar. Las entrego a la
curiosidad de los investigadores honestos de historia peruana para que las
aprovechen en el esclarecimiento de sus fuentes históricas con la seguridad de
que hay en ellas omisiones y faltas, como en toda obra primicia, pero también
un nuevo y abundante material no mencionado hasta ahora por la historiografía parásita, para renovar la gastada y rutinaria nómina de los cronistas del Perú”
Texto de la carta:
Su Majestad. Yo Francisco de
Chaves, leal súbdito de su Majestad, natural de Trujillo, descendiente de la
estirpe de los Chaves, siempre al servicio de la Corona, como uno de los
conquistadores de este reino del Perú, humilde servidor, escribo a su Majestad,
dándole cuenta de todo lo sucedido en esta tierra. Fui compañero de armas de mi
coterráneo, el gobernador Francisco Pizarro. Partimos de Panamá en la
misma nave, el 27 de diciembre de 1530, con el objetivo de conquistar este
reino del Perú. Hay muchas versiones sobre la captura del rey de esta tierra
(Atawalpa), pero yo la escribo tal como fueron los hechos en Cajamarca, en
honor a la verdad, respeto y lealtad que se merece la honorable autoridad de la
Corona de España. Nosotros venimos en el navío Santa Catalina, piloteado por
Bartolomé Ruiz. Entre los tripulantes estaban los religiosos: Vicente Valverde
de la orden de Santo Domingo, los frailes Juan de Yepes y Reginaldo de Pedraza.
Durante el viaje, don Francisco Pizarro y los tres religiosos platicaban mucho.
Don Francisco les contaba que a los indios les deleita el vino por ser de uva y
de diferente sabor que el licor que bebían, y que gracias al vino se ganaba
muchos amigos entre los indios y que también le utilizaba con astucia para
vencer a una muchedumbre de enemigos feroces y bien armados. Como entenderá su
Majestad, así se fue tramando la estrategia para la animosa empresa. De la
malévola decisión tomaron parte los padres alejados de la ley de Dios. Yo vi,
en uno de los ángulos de la nave, cuatro odres de vino en cuyo sobre decía
“Vino del capitán”. Francisco Pizarro y los religiosos hicieron un pacto
secreto: juraron repartirse la gloria y la riqueza y no traicionarse jamás. No
obstante, después, el fraile Reginaldo Pedraza decidió separarse, regresó a
Panamá con una bolsa de piedras verdes. Nosotros, caminando por la Sierra de
este reino, tuvimos que sobreponernos a las fatigas y penurias: cruzamos
pueblos, ríos y montañas. Inesperadamente tuvimos la noticia de que estábamos
próximos a la corte del Inca que viajaba orgulloso de su triunfo. En Cajamarca,
por orden de Francisco Pizarro, el intérprete Felipillo sirvió dos copas del
vino bueno a Atahualpa. Debo acotar que el tal Felipillo era del pueblo de los
Chimores y hacía cinco años que estaba al servicio de Pizarro. Cuando estaba
frente al Inca manifestaba cierto temor y reverencia. Con humildes palabras le
traducía lo que le decían nuestros dirigentes. Cuando Pizarro creyó que había
llegado el momento oportuno ordenó a Felipillo traer el vino envenenado de los
frailes. Pizarro cifraba toda su esperanza que el artero ardid funcionara,
porque estábamos al frente de un numeroso ejército. PIZARRO ORDENÓ A FELIPILLO
TRAER EL VINO ENVENENADO DE LOS FRAILES. CIFRABA TODA SU ESPERANZA EN EL ARTERO
ARDID. Con palabras persuasivas de paz y amistad sirvió el Felipillo el vino
envenenado a los capitanes y consejeros del ejército inca. Pronto la bebida
letal surtió efecto y el ejército, al ver morir a sus jefes, se vio sorprendido
y desconcertado. Fue el momento propicio para el ataque con la caballería y las
armas de fuego. Esta es la verdad y no lo que dijo después Pizarro que la
gloriosa victoria se debió al auxilio del apóstol Santiago o a la Providencia.
Es un delirio que un oficial lleve este engaño a su Majestad, Pizarro prefirió
el fraude desde el principio antes de optar por luchar con honor y bravura. Mis
padres valerosos y orgullosos decían: “Más vale perder el hombre que el buen
nombre”. El mortífero veneno dio el triunfo al Gobernador. Fue una ingloriosa
victoria que nunca hasta entonces ha tenido un conquistador en el mundo.’ La
codicia por todo el oro del mundo no puede jamás perder el juicio de un
caudillo para hacer lo que se ha hecho, tremenda injuria al rey vencido. Aunque
pagano, pero rey por nacimiento y por derecho. Sepa usted que al rey Atahualpa
lo metieron en una celda cerrada y lo vigilaban cuatro hombres y no le dieron
libertad, a pesar de que manifestó que tenía la voluntad de visitar y rendir
homenaje a su Majestad. Quizá Pizarro temió que la verdad saliera a luz. Este
riquísimo reino debe formar parte de sus dominios, Majestad, y no de don
Francisco Pizarro y su tesorero Alonso de Riquelme. No obstante que el
prisionero cumplió con su palabra para recuperar su libertad, le procesaron por
traidor y rebelde. Sin que haya hecho daño alguno, Atahualpa murió agarrotado
el 26 de julio del presente año. El hecho causó escándalo y alboroto porque
muchos no estaban de acuerdo con la ejecución, incluso los hermanos y amigos de
don Francisco Pizarro. Sin embargo, es lamentable la complicidad de los padres
dominicos. Su majestad juzgará la gravedad de los hechos. Sé que Francisco
Pizarro por medio de su secretario ha relatado falsamente todo lo que ha
ocurrido en esta tierra. Para fundamentar la toma de decisión de eliminar al
Inca, seguro que dijeron que el prisionero tramaba contra nosotros el ataque de
un gran ejército venido desde el Cuzco. La verdad que no liemos visto ni
grandes ejércitos ni pequeñas guarniciones. El prisionero estuvo bien resguardado
noche y día y no había ningún peligro que nos acechara… Me parece que no hay
forma de honrar a España haciendo fechorías. Mis abuelos me enseñaron que con
hechos fuera de la regla y perfidia no se logra gloriosas victorias. Fui un
compañero obediente y leal del Capitán. Luché a su lado en toda la campaña de
la conquista de estas tierras: desde Tumbes hasta Tangarará, San Miguel, Motupe
hasta Saña. La ardua brega duró siete meses. Llegamos a la provincia de
Cajamarca. Nuestro ejército estuvo conformado por 177 hombres con lanzas, picas
y espadas. De los cuales había 67 soldados a caballo, y entre los 110 soldados
de a pie, había tres arcabuceros, siete escopeteros y veinte ballesteros. Fue
un sábado 15 de noviembre de 1532. El Inca reposaba en las aguas termales que
se encuentra a dos leguas de Cajamarca. El Capitán al ver a la multitud de
indios, puso en alerta a su artillería con dos culebrinas de ocho a diez pies
de largo Muy tensos esperamos al enemigo. Yo estaba al lado de Pizarro.
El ejército de Atahualpa sumaba algo más de diez mil indios. Todos armados con hondas, mazas, hachas, bolas, lanzas, macanas, rodelas y otros. A pesar de que Atahualpa tuvo mucha más gente, la batalla no la iniciaron ellos. El ardid del envenenamiento funcionó. Algunos oficiales incas caían muertos, otros se debatían entre sufrimientos y dolores. Los consejeros principales del Inca caían de golpe. El Estado Mayor del Inca fue eliminado. Pensó Atahualpa que era un castigo invisible de un dios que golpeaba a traición a sus generales. Al no tener órdenes los guerreros indios no se lanzaron al ataque. El momento esperado por el Capitán había llegado. Ordenó que le pusieran en el pecho del Inca puñales y espadas. El Capitán y el fray Valverde le obligaron para que ordenara a los indios que se retiraran de la plaza. Muchos indios huyeron, cayéndose unos sobre otros. El Inca, temiendo la muerte, mandaba a gritos que huyeran. Los indios asustados creían que estaba ocurriendo un suceso sobrenatural. En poco tiempo herimos y matamos una gran cantidad de indios. Todo esto estaba muy bien planificado. Sepa su Majestad que los indios no comprendían lo que les sucedía a sus generales en Cajamarca y aún no lo saben. Aún creen que fue un castigo de algún dios y levantan los ojos al cielo. Suponen que fue una venganza de uno de los dioses para castigar al Inca y a su pueblo (…) Los naturales no conocían otro veneno que aquel que utilizaban para frotar sus flechas. Por la arremetida con arcabuces, lanzas, espadas y sobre todo por tomarlos de sorpresa, damos muerte a tres mil hombres. El engaño es un deshonor, ME PARECE QUE NO HAY FORMA DE HONRAR A ESPAÑA HACIENDO FECHORÍAS. Así se ganó la batalla en Cajamarca. El fraile Vicente Valverde hizo la siguiente oración: “Dios sea alabado por todos los favores que nos hizo, gracias a la Providencia y aún más al oropimente”. Le confieso a su Majestad que he matado a muchos indios. No se defendieron con heroísmo los soldados del Inca porque estaban en huida. Gané honor, oro y mujeres. Hasta ahora callé la verdad y sin escrúpulo yo también glorifiqué la falsa hazaña. Pero después me di cuenta de que el Capitán y los frailes eran soberbios, malos y duros de sentimientos. La mala intención fue escribir con sangre y pánico la historia del reino del Perú al haber ajusticiado sin causa alguna al desventurado rey Atahualpa. No se contentaron con tantos robos, daños, el saqueo de tanto oro y plata y objetos preciosos de gran valor, ni con haber matado a millares de hombres en nombre de su Majestad y de Nuestro Señor. Hicieron tantas tiranías que por ser ofensivas a su Majestad no os digo. (…) Como servidor de su Majestad, sin apasionamiento alguno, con deseo de justicia, le envío esta carta para que sepa la verdad. Estoy seguro de que, según el interés del Gobernador, escribirán mentiras, todas alejadas de la verdad. Muy confiados de que no habrá investigación, el Gobernador, sus centinelas y fieles seguidores, sin ninguna licencia, hacen lo que quieren. Los hombres allegados a Pizarro son: su tesorero Alonso de Riquelme, el fray Vicente Valverde, los capitanes Hernando de Soto y Sebastián de Benalcazar, sus medios hermanos de parte de su padre: Juan Gonzalo y Hernando y su medio hermano de parte de su madre, Francisco Martín de Alcántara. Acá, todos los demás somos vigilados e investigados, sobre todo estamos prohibidos de salir con cosas y noticias ajenas a los intereses del capitán. Como testigo presencial tengo muchas más novedades que informar a su Majestad, porque deben ser de vuestro interés. Así, por ejemplo, de la mayor cantidad de riqueza que descubrimos y cada día se descubre, don Francisco Pizarro lo reserva para él y en secreto se reparten con sus hermanos y allegados. Nos enteramos también que tuvo mucho oro escondido y de ello no dio cuenta casi a nadie. Usted debe conocer, Majestad, Rey de estas nuevas provincias, altísimo y señor de todos nosotros, que conquistamos con corazón limpio estas tierras bajo la bandera de León y Castilla, que no es la cantidad de oro y plata que le corresponde según el quinto real. Si yo le diría falsedades, considéreme hombre de poca estima y ordene que me corten la cabeza. Yo haré lo posible para que esta carta llegue a sus manos a pesar de que el Capitán nos amenazó castigarnos ejemplarmente si informáramos acerca del veneno y de los otros medios ilícitos que comete. Ruego a Dios, nuestro Señor, que todo salga bien. Pues, por tener una posición contraria y no estar de acuerdo con las cosas que veo y he visto, soy odiado por Francisco Pizarro y temo que me maten. El Capitán habiendo sido mi amigo, ahora me increpa de amotinador. Sospecha de todos. Mató al fraile Juan de Yepes por quebrantar el juramento y romper el secreto. No le concedió perdón ante sus súplicas y le “premió” dándole la vida perdurable. Es todo cuanto le puedo informar hasta ahora, Majestad. Créame no abrigo ni envidia ni malicia y confío que usted hará justicia a sus súbditos y castigará ejemplarmente a los que cometen atrocidades y delitos. Nuestro Señor, la Sagrada Iglesia (…) Cuide con esmero sus reinos como su Majestad lo desea. Cajamarca, 5 de agosto de 1533. Su humilde siervo don Francisco de Chaves.”
El ejército de Atahualpa sumaba algo más de diez mil indios. Todos armados con hondas, mazas, hachas, bolas, lanzas, macanas, rodelas y otros. A pesar de que Atahualpa tuvo mucha más gente, la batalla no la iniciaron ellos. El ardid del envenenamiento funcionó. Algunos oficiales incas caían muertos, otros se debatían entre sufrimientos y dolores. Los consejeros principales del Inca caían de golpe. El Estado Mayor del Inca fue eliminado. Pensó Atahualpa que era un castigo invisible de un dios que golpeaba a traición a sus generales. Al no tener órdenes los guerreros indios no se lanzaron al ataque. El momento esperado por el Capitán había llegado. Ordenó que le pusieran en el pecho del Inca puñales y espadas. El Capitán y el fray Valverde le obligaron para que ordenara a los indios que se retiraran de la plaza. Muchos indios huyeron, cayéndose unos sobre otros. El Inca, temiendo la muerte, mandaba a gritos que huyeran. Los indios asustados creían que estaba ocurriendo un suceso sobrenatural. En poco tiempo herimos y matamos una gran cantidad de indios. Todo esto estaba muy bien planificado. Sepa su Majestad que los indios no comprendían lo que les sucedía a sus generales en Cajamarca y aún no lo saben. Aún creen que fue un castigo de algún dios y levantan los ojos al cielo. Suponen que fue una venganza de uno de los dioses para castigar al Inca y a su pueblo (…) Los naturales no conocían otro veneno que aquel que utilizaban para frotar sus flechas. Por la arremetida con arcabuces, lanzas, espadas y sobre todo por tomarlos de sorpresa, damos muerte a tres mil hombres. El engaño es un deshonor, ME PARECE QUE NO HAY FORMA DE HONRAR A ESPAÑA HACIENDO FECHORÍAS. Así se ganó la batalla en Cajamarca. El fraile Vicente Valverde hizo la siguiente oración: “Dios sea alabado por todos los favores que nos hizo, gracias a la Providencia y aún más al oropimente”. Le confieso a su Majestad que he matado a muchos indios. No se defendieron con heroísmo los soldados del Inca porque estaban en huida. Gané honor, oro y mujeres. Hasta ahora callé la verdad y sin escrúpulo yo también glorifiqué la falsa hazaña. Pero después me di cuenta de que el Capitán y los frailes eran soberbios, malos y duros de sentimientos. La mala intención fue escribir con sangre y pánico la historia del reino del Perú al haber ajusticiado sin causa alguna al desventurado rey Atahualpa. No se contentaron con tantos robos, daños, el saqueo de tanto oro y plata y objetos preciosos de gran valor, ni con haber matado a millares de hombres en nombre de su Majestad y de Nuestro Señor. Hicieron tantas tiranías que por ser ofensivas a su Majestad no os digo. (…) Como servidor de su Majestad, sin apasionamiento alguno, con deseo de justicia, le envío esta carta para que sepa la verdad. Estoy seguro de que, según el interés del Gobernador, escribirán mentiras, todas alejadas de la verdad. Muy confiados de que no habrá investigación, el Gobernador, sus centinelas y fieles seguidores, sin ninguna licencia, hacen lo que quieren. Los hombres allegados a Pizarro son: su tesorero Alonso de Riquelme, el fray Vicente Valverde, los capitanes Hernando de Soto y Sebastián de Benalcazar, sus medios hermanos de parte de su padre: Juan Gonzalo y Hernando y su medio hermano de parte de su madre, Francisco Martín de Alcántara. Acá, todos los demás somos vigilados e investigados, sobre todo estamos prohibidos de salir con cosas y noticias ajenas a los intereses del capitán. Como testigo presencial tengo muchas más novedades que informar a su Majestad, porque deben ser de vuestro interés. Así, por ejemplo, de la mayor cantidad de riqueza que descubrimos y cada día se descubre, don Francisco Pizarro lo reserva para él y en secreto se reparten con sus hermanos y allegados. Nos enteramos también que tuvo mucho oro escondido y de ello no dio cuenta casi a nadie. Usted debe conocer, Majestad, Rey de estas nuevas provincias, altísimo y señor de todos nosotros, que conquistamos con corazón limpio estas tierras bajo la bandera de León y Castilla, que no es la cantidad de oro y plata que le corresponde según el quinto real. Si yo le diría falsedades, considéreme hombre de poca estima y ordene que me corten la cabeza. Yo haré lo posible para que esta carta llegue a sus manos a pesar de que el Capitán nos amenazó castigarnos ejemplarmente si informáramos acerca del veneno y de los otros medios ilícitos que comete. Ruego a Dios, nuestro Señor, que todo salga bien. Pues, por tener una posición contraria y no estar de acuerdo con las cosas que veo y he visto, soy odiado por Francisco Pizarro y temo que me maten. El Capitán habiendo sido mi amigo, ahora me increpa de amotinador. Sospecha de todos. Mató al fraile Juan de Yepes por quebrantar el juramento y romper el secreto. No le concedió perdón ante sus súplicas y le “premió” dándole la vida perdurable. Es todo cuanto le puedo informar hasta ahora, Majestad. Créame no abrigo ni envidia ni malicia y confío que usted hará justicia a sus súbditos y castigará ejemplarmente a los que cometen atrocidades y delitos. Nuestro Señor, la Sagrada Iglesia (…) Cuide con esmero sus reinos como su Majestad lo desea. Cajamarca, 5 de agosto de 1533. Su humilde siervo don Francisco de Chaves.”
Desde nuestro punto de vista
originario el hecho de que se confirme la autenticidad de la carta mencionada no cambia en nada los resultados
de una invasión injusta, solo comprueba nuestra teoría de que todas la crónicas
publicadas respondían a un argumento oficial y relataban una historia en muchos
casos inventada, en otras interpretada desde un punto de vista occidental y
finalmente redactada a conveniencia de
los invasores, y que había censura y control absoluto a lo que se publicaba, las posiciones divergentes, que al parecer
estuvo representadas por los jesuitas quienes seguían las enseñanzas de San Ignacio
de Loyola que planteaba una forma diferente de “cristianizar” a la que se llevaba a cabo en esos tiempos, lo consideramos un tema a parte de nuestros intereses de reivindicar la memoria de
los abuelos. aunque en sus escritos dejan algunas pistas que refuerzan nuestras teorías sobre el desarrollo de la civilización Inca.


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